Hay textos que se disfrazan de pequeños. Que llegan sin anunciarse, sin la gravedad de los que aspiran a decir algo importante, y que por eso mismo logran decirlo. «Reflexiones», de Roberto Delgado Mejías, es uno de esos textos. Ocupa apenas dos páginas en una antología construida sobre el dolor social y la denuncia como lo es Voces; y su narrador es un niño que se queja de que no le dejan comer anoncillos.
A primera vista, parece un descanso entre tragedias. Leído con atención, es otra cosa: una de las piezas más sofisticadas del volumen, y una pequeña joya, a .mi juicio, de la literatura de infancia cubana.
El riesgo del monólogo infantil es bien conocido. Cuando un adulto finge ser un niño, suele caer en uno de dos vicios: o lo hace demasiado ingenuo —y el resultado es condescendiente— o lo hace demasiado sabio —y el resultado es falso. Delgado Mejías esquiva ambos. Su niño no es un ángel iluminado ni una víctima patética. Es un niño real: arbitrario, disperso, lógicamente consecuente dentro de su propia lógica, capaz de la queja existencial y de la carcajada en la misma frase.
El narrador lo dice él mismo, con total conciencia: «mi mente es lo que llaman un arroz con mango». Es una declaración de poética disfrazada de disculpa. El arroz con mango es, en el habla cubana, el caos, la mezcla improbable, lo que no debería funcionar junto pero existe. Y el cuento funciona exactamente así: una sucesión de pensamientos que saltan sin aviso del pelo pintado a las reglas de la casa, de las reglas de la casa a los meteoritos, de los meteoritos a la filosofía astronómica, de la filosofía astronómica al sueño que llega en medio de la resistencia.
Pero ese caos tiene una arquitectura secreta. El texto no es tan desordenado como aparenta. Hay una progresión emocional precisa: al principio el niño reclama libertad (comer lo que quiero, pintarme el pelo, decidir cuándo dormir), luego enuncia las reglas que lo constriñen (comerse toda la comida, el círculo de lunes a viernes, nunca el reguetón), luego olvida momentáneamente el agravio y se maravilla con el universo (los meteoritos, las estrellas fugaces), y finalmente el sistema vence: la noche llega, la madre apaga la luz, y el niño que prometía no dormirse se rinde al sueño frente al lector, en tiempo real, con las palabras mismas desintegrándose en la página.
Esa disolución final —»dor….mir….psssstzzzzzzzzzzzzzz»— no es un truco tipográfico. Es la imagen más honesta del texto: la conciencia que lucha contra el cuerpo y pierde. Y tiene algo de profundamente cómico y profundamente cierto al mismo tiempo.
El momento central del cuento, el que lo eleva de anécdota a literatura, es la secuencia sobre los meteoritos. El padre explica que son rocas del espacio que se incendian al caer hacia la Tierra. El niño escucha en el noticiero que dos meteoritos impactaron la luna. La pregunta que le formula al padre —y que el padre no entiende— es esta: ¿en qué país estaba la luna cuando la chocaron?
Esta pregunta es, filosóficamente hablando, perfecta. El niño ha escuchado que los meteoritos van «hacia la Tierra» y que eso puede ocurrir «en Cuba o en España». Ha construido un modelo del mundo donde los objetos caen sobre territorios, sobre jurisdicciones. La luna, para él, también tiene que caer sobre algún lugar. La pregunta no es una tontería: es la extrapolación rigurosa de un sistema conceptual que el adulto le enseñó de forma incompleta. El padre —y el lector adulto— «no entiende» porque da por sentada la distinción entre espacio exterior y espacio terrestre, una distinción que nadie le explicó al niño.
Hay en esta secuencia un eco de la mejor tradición del cuento con perspectiva infantil, esa que va de Chejov a Felisberto Hernández a Virgilio Piñera: el niño como observador que ve lo que el adulto ya no puede ver porque sus ojos están demasiado entrenados para ignorarlo. El niño de Delgado Mejías no sabe que hay una diferencia ontológica entre «la Luna» y «Cuba». Y eso, que parece ignorancia, es en realidad la pregunta más perturbadora que se puede hacer sobre los límites del lenguaje y del conocimiento heredado.
Más allá del humor, las reglas que el niño enumera son un mapa social de la infancia cubana de clase media popular. El círculo infantil de lunes a viernes, la calabacita para dormir la siesta, la prohibición del reguetón, el uniforme del preescolar, la ropa que decide mamá, los zapatos cerrados en vez de sandalias: cada detalle es un dato etnográfico, pero también un campo de batalla. Porque el niño no describe estas reglas con resignación. Las describe como injusticias.
«Opino que se deben respetar mis decisiones. Si no tengo hambre, no tengo que comer.» La frase no es inocente. En un libro construido sobre los derechos vulnerados, la reivindicación de un niño a no ser «atiborrando de comida con el cuento del avioncito» es menor en escala pero no en dignidad. Delgado Mejías tiene la inteligencia de no jerarquizar los derechos. El derecho a elegir las sandalias tiene la misma intensidad subjetiva que el derecho a no sufrir hambre: ambos son el mismo deseo de autonomía, vivido desde la única escala disponible para quien tiene cuatro años.
Hay también, escondida en esa lista de reglas, una pequeña y discreta crítica que el lector cubano detecta de inmediato: la prohibición del reguetón. No como condena moral del género —el texto no juzga— sino como síntoma de tensión generacional, de la distancia entre lo que los padres reconocen como música y lo que ya suena en la calle. El niño no argumenta en favor del reguetón. Solo lo anota, con la misma ecuanimidad con que anota que tiene que ponerse zapatos cerrados. Para él, todo forma parte del mismo sistema de restricciones arbitrarias. Que el lector adulto dibuje sus propias fronteras entre esas restricciones dice más sobre el lector que sobre el texto.
El final del cuento merece una lectura lenta. El niño ha esperado toda la noche para ver la lluvia de meteoritos. El padre le prometió que los vería. Llega la noche, el cielo está nublado, no se ve nada. La madre lo acuesta. Él resiste: «dormir es muy aburrido», «no me gusta», «apagaron la luz y todo está oscuro». Y entonces, en el espacio blanco de la página, el sueño lo vence.
Lo que hace que esta derrota sea gloriosa es su forma. El cuento no dice «el niño se quedó dormido». Lo representa: las palabras se alargan, se fragmentan, la puntuación desaparece, la frase pierde su arquitectura y cae como el niño mismo cae. Es uno de los momentos de mayor conciencia formal de toda la antología. Delgado Mejías sabe que la forma es parte del contenido, y lo demuestra sin hacer ruido sobre ello.
Además, en esa derrota hay una ironía melancólica que el lector siente más que analiza. El niño quería ver estrellas fugaces —meteoritos incendiándose en la atmósfera— y no pudo. Pero él mismo, cayendo dormido, reproduce exactamente esa imagen: algo brillante que se apaga mientras cae. La noche que venció al niño es la misma noche que ocultó el espectáculo que el niño esperaba ver. Hay algo circular y hermoso en eso, que el texto no subraya porque no necesita hacerlo.